Cuando nos dijeron que los mismos salvajes que habían venido por el aire, desde una isla desconocida, a quitarnos Gibraltar, iban a poner sitio a nuestra bella ciudad de Barcelona, empezamos por hacer novenas a la santísima Virgen de Manresa; lo cual, sin duda alguna, es la mejor manera de defenderse.
Este pueblo que venía a atacarnos desde tan lejos se llama con un nombre que es difícil de pronunciar, porque es English. Nuestro reverendo padre inquisidor, don Jerónimo bueno Caracucarador, predicó contra tales bandidos. Lanzó contra ellos una excomunión mayor en Nuestra Señora del Pino. Nos aseguró que los English tenían colas de mono, patas y cabezas de loro; que, a decir verdad, de vez en cuando hablaban como los hombres, pero que casi siempre silbaban; que además eran herejes notorios; que la Santísima Virgen, que es muy favorable a los demás pecadores y pecadoras, no perdonaba nunca a los herejes, y que por consiguiente todos serían infaliblemente exterminados, sobre todo si se presentaban delante de Montjuic. Apenas había terminado su sermón cuando nos enteramos de que Montjuic había sido tomado por asalto.Aquella noche nos contaron que en este asalto habíamos herido a un joven English y que estaba en nuestras manos. En toda la ciudad se gritó: ¡Victoria, victoria! y se encendieron luminarias.
Doña Boca Bermeja, que tenía el honor de ser manceba del reverendo padre inquisidor, tuvo una enorme curiosidad por ver cómo era una animal English y hereje. Era íntima amiga mía. Yo tenía tanta curiosidad como ella. Pero hubo que esperar a que sanara su herida; lo cual no tardó mucho en suceder.
Poco después nos enteramos de que debía tomar baños en casa de mi primo hermano Elvob, el bañero, que es, como todo el mundo sabe, el mejor cirujano de la ciudad. La impaciencia de ver a aquel monstruo redobló en mi amiga Boca Bermeja. No paramos, no descansamos ni dejamos descansar a mi primo el bañero hasta que nos hubo escondido en un pequeño guardarropa, detrás de una celosía por la cual se veía la bañera. Entramos allí de puntillas, sin hacer el menor ruido, sin hablar, sin atrevernos a respirar, precisamente en el momento en que el English salía del agua. Su rostro no estaba vuelto hacia nosotras. Se quitó un gorrito bajo el cual había ocultado sus cabellos rubios, que cayeron gruesos bucles sobre el cuerpo más hermoso que he visto en mi vida; sus brazos, sus muslos, sus piernas me parecieron de una carnosidad, de una perfección, de una elegancia, que a mi juicio no desmerecían del Apolo del Belvedere de Roma, del que un tío mío escultor tiene una copia.